Había que andar mucho para llegar allí. Rodear el Coliseo por el camino hasta llegar a la casa.
A pesar de ser magos no vivían en un castillo, sino en una casa roja con las ventanas blancas. Siempre llegaba tarde…incluso a veces no llegaba, pero no pasaba nada, o al menos no a ellos; yo luego me sentía fatal… Ese era uno de los problemas, que me sentía mal con cosas como esas. Y con otras muchas que probablemente no tengan razón por la que sentirse ni mal, ni culpable…
Con ellos hablaba y hablaba… sentía y sentía… y lloraba, a veces lloraba. Sobre todo al principio… lloraba. A lo mejor fue el llanto ese que estaba enquistado lo que me llevó a la casa roja de ventanas blancas.
No era nunca igual. Cuando iba contenta, salía triste… o no. Parece absurdo, pero no era nunca igual. No podía esperar o intentar predecir cuál sería la resolución de la visita.

Y allí estaban los magos. Yo percibía su poder como unas bolas de energía que se comunican y comparten energía-poder por una especie de hilo. No sé si siempre han estado juntos, pero no me parece que puedan existir separados.
En aquella casa de los magos (la roja de las ventanas blancas) se sentían cosas… y se aprendía cosas. Pudiera ser de alguna manera una escuela… la escuela de las sensaciones; o una escuela sensacional… también vale.
Había un salón azul, el del universo, el del cielo. Allí flotaba yo en ese mi universo… yo, con mis planetas, mis sentimientos, mis estrellas, mis agujeros negros. Y me encontraba a mí misma (porque no había otra): las voces de los magos me guiaban por la oscuridad del universo hacia mis planetas. Cada uno de mis planetas me revelaba cosas de mi insignificante existencia y cuanto más descubría, mi pequeña alma vacía se hacía enorme y repleta de huecos que llenar, misterios que resolver, y sacos sorpresa en los que buscar a ver qué se encuentra.
Es duro, enfrentarse uno a sí mismo, si no lo ha hecho antes… A veces en vez de flotar en el medio (miedo*) de ese mi universo, más bien buceaba porque lo anegaba con mis ríos, qué digo ríos: cascadas de lágrimas.
Por eso a veces salía de allí arrugada como una pasa: como cuando estás demasiado tiempo a remojo. Y otras veces salía fortalecida y reconfortada: como cuando haces ejercicio y sientes la fuerza y la vitalidad corriendo por el cuerpo.

Había también un salón lila. Era el país de los sueños. Todo vale. Mensajes de esperanza, alegría y optimismo, vuelan por el cielo como pajarillos de boda. Hay muchas cosas para hacer: muchos amigos nuevos; puedes pintar de colores tus sensaciones; ¡hay hasta sonrisas por las paredes! Allí jugaba a ser pequeña otra vez. Había olvidado lo divertido que es ser niña de nuevo… Muchas hormigas recorren mis venas, nerviosas, entusiasmadas, felices y despreocupadas (¡qué buenrrollismo!)
Aún visito a mis amigos los magos, porque me queda mucho camino por andar y necesito su magia. A veces pienso si me estaré enganchando a este mundo de sensaciones y de descubrimientos. Enganchada de la misma manera que se engancha uno a las atracciones del parque de atracciones. La adrenalina engancha: los sentimientos saliendo a borbotones, también.
De todas formas, sea como sea, y pese a quien le pese, pienso dejarme guiar a grandes aventuras, hasta que pueda/quiera vivirlas sola.
¿Alguien se apunta?
*para mis magos.
Cristina Zani es productora y guionista que trabaja en televisión.